Parque Nacional Yasuní entre los 25 mejores destinos del mundo para el 2022 seleccionado por National Geographic
El Parque Nacional Yasuní, en el corazón de la Amazonía ecuatoriana, no deja de sorprender. Su biodiversidad única en el planeta y su componente cultural ancestral hacen de esta reserva un destino apetecido, aunque solo una pequeña parte del parque está abierta al turismo.
Es así que la revista National Geographic ubicó al Yasuní entre los 25 lugares más asombrosos para visitar durante el 2022.
“Yasuní, considerado uno de los lugares con mayor biodiversidad de la Tierra, alberga una asombrosa variedad de criaturas, como osos hormigueros, capibaras, perezosos, monos araña y alrededor de 600 especies de pájaros coloridos”, señala la reseña de la prestigiosa revista.
National Geographic además destaca que la reserva es hogar de pueblos dos en aislamiento voluntario: los Tagaeri y los Taromenane.
Otros destinos recomendados por la publicación son el lago Baikal en Rusia, los safaris de Namibia, la zona boscosa de Victoria en Australia, los parajes tropicales de Belice, las rutas de océano a océano en Costa Rica, entre varios otros.
A CONTINUCION UNO DE LOS REPORTAJES MAS RECIENTES PUBLICADO POR LA INTERNACIONAL National Geographic
Parque Nacional Yasuní: bosque lluvioso en venta
La demanda de petróleo está desangrando uno de los lugares más vírgenes y con mayor biodiversidad del planeta.
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| Publicado16 de noviembre de 2020,

El paraíso desde las alturas
El Parque Nacional Yasuní, en Ecuador, alberga innumerables especies vegetales y animales, como los jaguares que merodean por el bosque o las bromelias, orquídeas y helechos que tapizan esta ceiba a 50 metros del suelo. Todas están amenazadas por la explotación petrolera.
Foto: Steve Winter

Las alas de la selva
Periquitos con alas de color cobalto vuelan a una charca. En el parque se han identificado casi 600 especies de aves.
Foto: Tim Laman

Pequeños habitantes del edén
La diversidad de insectos es tal que podría haber 100.000 especies en una hectárea, entre ellas las que se muestran aquí, con otras criaturas.
Foto: David Liittschwager

Un aullido muy particular
En Yasuní viven diez especies de monos, entre los que se encuentra el mono aullador rojo, Alouatta seniculus. Se ha informado de la presencia de otras dos, pero todavía no hay una confirmación científica.
Foto: Tim Laman

Pequeños moradores con una curiosidad insaciable
Tití pigmeo, Cebuella pygmaea, longitud media: 12,50 centímetros.
Foto: Tim Laman

Fusión cromática
Tamarín de dorso dorado, Saguinus tripartitus, longitud media: 23 centímetros.
Foto: Tim Laman

El reino de los árboles
Macacao barrigudo, Lagothrix poeppigii, longitud media: 48 centímetros.
Foto: Tim Laman

Unos ojos que lo dicen todo
Mono ardilla común, Saimiri sciureus, longitud media: 30,50 centímetros.
Foto: Tim Laman

La pareja perfecta
Mico nocturno de Spix, Aotus vociferans, longitud media: 35,50 centímetros.
Foto: Tim Laman

No me mires así…
Sakí ecuatoriano, Pithecia aequatorialis, longitud media: 40,50 centímetros.
Foto: Tim Laman

En busca del almuerzo
Capuchino de frente blanca, Cebus albifrons, longitud media: 40,5 centímetros.
Foto: Tim Laman

Nunca es mal momento para llenar el estómago
Tití rojizo, Callicebus discolor, longitud media: 33 centímetros.
Foto: Tim Laman

Trepador innato
Mono araña común, Ateles belzebuth, longitud media: 51 centímetros.
Foto: Tim Laman

El gran depredador
Un jaguar (Panthera onca) activa una cámara-trampa en un lugar frecuentado por pecaríes, una de sus presas favoritas. Para los huaorani, uno de los grupos nativos de la zona, los jaguares son espíritus ancestrales que visitan a los chamanes en sueños para indicarles dónde abunda la caza.
Foto: Steve Winter

Un ave que deja sin palabras
El hoacín despliega las plumas cuando se pavonea sobre las ramas, pero aletea torpemente al levantar el vuelo. Vive cerca de los pantanos, digiere por fermentación (como las vacas) y es tan extraño que los científicos no saben cómo clasificarlo.
Foto: Tim Laman

Las tribus de Yasuni
Armados con lanza, escopeta y machete, Minihua Huani (a la izquierda) y Omayuhue Baihua buscan animales cerca de la comunidad huaorani de Boanamo. Los lugareños pueden cazar en el parque, su territorio ancestral. Muchos siguen haciéndolo para mantener a sus familias.
Foto: Ivan Kashinsky

Cononaco Chico
Hubo un tiempo en que los huaorani eran seminómadas y vivían en casas con techumbre de hojas de palmera, como estas de la comunidad de Cononaco Chico. Hoy la mayoría se ha asentado de forma permanente y ocupa viviendas de madera y cemento.
Foto: Ivan Kashinsky

Placeres del día a día
Victor Ruñari Vargas y su prima Judith Obe Coba miran fotos en un ordenador portátil en la casa de su extensa familia en Guiyero, una comunidad de Yasuní. Vargas hizo las fotos en un concurso de belleza en Kawymeno, un pueblo situado a unos 80 kilómetros de distancia. Como la población total de huaorani es de apenas unos 3.000, él y Coba reconocen a casi la mitad de las concursantes.
Foto: Karla Gachet

Con la cena a cuestas
Bay Baihua regresa a Bameno, la aldea donde vive, con su parte de la cacería: una pata de ciervo. Aunque algunos huaorani utilizan armas de fuego, Baihua usa las tradicionales. Lleva al hombro la lanza con la que mató al ciervo y una larga cerbatana. El carcaj que cuelga de su espalda contiene dardos con veneno, y el recipiente redondo y oscuro que lleva a la cintura contiene algodón para que los dardos encajen bien en la cerbatana.
Foto: Ivan Kashinsky

Punto de encuentro
Pompeya era una aldea aislada donde vivían miembros del grupo indígena quechua. Pero cuando la compañía petrolera Maxus construyó una carretera en la década de 1990, surgieron decenas de casas y negocios nuevos. El día de mercado los huaorani de los alrededores acuden para relacionarse, comprar suministros y tomarse unas cervezas en un bar rústico.
Foto: Ivan Kashinsky

Mercados negros
Una familia quechua se dirige al mercado con cajas llenas de botellas de cerveza vacías retornables y con productos para vender. Estos artículos a menudo incluyen carne de selva, cuya venta es ilegal pero que sigue siendo una de las mercancías más codiciadas. La carretera construida por la compañía petrolera permite que los huaorani y quechua que viven en Yasuní se adentren en lo más profundo del bosque y consigan montones de carne de selva para abastecer al mercado negro: un negocio que está vaciando el bosque de fauna.
Foto: Ivan Kashinsky

Arterias artificiales
Casi 20 kilómetros de la carretera que construye Petroamazonas atraviesan el parque. Los conservacionistas están preocupados porque la vía está concebida para el desplazamiento de obreros y maquinaria al Bloque 31, muy vulnerable desde el punto de vista ecológico. Finalmente podría alcanzar, y deteriorar, el bloque todavía virgen con el que linda al este.
Foto: Ivan Kashinsky

La factura del petróleo
Los hombres de la comunidad de Rumipamba, al fondo, limpian los restos de un vertido de petróleo de 1976. Agradecen tener trabajo (cobran unos 340 euros mensuales), pero tanto ellos como sus familias padecen problemas de salud tales como dermatitis crónicas, posiblemente causadas por la exposición al crudo. Muchos temen que en Yasuní pueda producirse una contaminación similar si se perfora para extraer el petróleo.
Foto: Karla Gachet

La unión de ambos mundos
Como muchos huaorani de hoy, estas dos familias conjugan tradición y modernidad. Regresan a Bameno, la comunidad del río Cononaco donde viven, con los frutos de una partida de caza tradicional (pecarí, mono y ciervo), pero la ropa y las barcas proceden del mundo exterior.
Foto: Karla Gachet
Autosuficiencia temprana
En Bameno, los niños menores de 14 años se valen por sí mismos mientras sus padres y hermanos mayores asisten a una fiesta en Kawymeno, a dos días a pie. Son prácticamente autosuficientes, pero tienen un abuelo cerca por si hubiera alguna emergencia.
Foto: Ivan Kashinsky

El calor familiar
Tras una jornada de trabajo, los huaorani se reúnen en una casa comunal para compartir la cena y contarse anécdotas. Omayuhue Baihua, sentado bajo la radio, ha vuelto de cazar y ha traído a casa un mono. Su esposa, Tepare Kemperi, lo cocina al fuego para cenar.
Foto: Ivan Kashinsky

El cielo en llamas
El intenso resplandor del cielo sobre Yasuní se debe a las llamaradas de los pozos petrolíferos que queman gas residual. Con las operaciones petroleras cada vez más cerca, la sombra de la destrucción se cierne sobre el último rincón virgen de este bosque primario.
Foto: Tim Laman
Todavía gotean las hojas después del aguacero nocturno cuando Andrés Link se echa al hombro la mochila y se interna en la fría y húmeda mañana. Acaba de amanecer y el bosque ya es una algarabía de cantos y parloteos: resuena el potente grito de un mono aullador, el tac tac tac de un pájaro carpintero, el chillido de los monos ardilla persiguiéndose de rama en rama. A lo lejos empieza a oírse un sonido extraño y ululante; se desvanece; vuelve a empezar.
«¡Escuche! –dice Link, orientando el oído–. Titíes. ¿Los oye?Son dos, cantando a dúo.»
Esta celebración estridente pone la música de fondo al paseo cotidiano que lleva a Link a su puesto de trabajo a través del que quizá sea el lugar con mayor biodiversidad de la Tierra. Link, primatólogo de la Universidad Peruana Los Andes, está estudiando al mono araña común, y esta mañana se dirige a un lambedero (un depósito natural de sal donde acuden los animales a lamer), situado a media hora a pie, donde se reúne a menudo un grupo de estos monos.
Un hábitat de unos 9.800 kilómetros cuadrados de bosque lluvioso en el este de Ecuador
Ceibas y ficus de inmensas raíces que parecen contrafuertes se alzan cual columnas romanas hacia el dosel del bosque. Las ramas bifurcadas de estos gigantes están cubiertas de orquídeas y bromelias que sustentan comunidades enteras de insectos, anfibios, aves y mamíferos, y los troncos están ceñidos por el abrazo helicoidal de las higueras estranguladoras. Hay tanta vida que hasta en una pequeña charca dejada por la huella de un animal colean diminutos pececillos.
Descendemos por una ladera hasta internarnos en un bosque salpicado de palmas del género Socratea, conocidas como jiras zanconas, cuyas raíces aéreas de un metro de alto les permiten desplazarse ligeramente en busca de luz y nutrientes. Es una de las innumerables adaptaciones evolutivas que se despliegan por la Estación de Biodiversidad Tiputini (EBT), unas instalaciones gestionadas por la Universidad San Francisco de Quito que ocupan 650 hectáreas de selva prístina en la periferia del Parque Nacional Yasuní, un hábitat de unos 9.800 kilómetros cuadrados de bosque lluvioso en el este de Ecuador.
«Puedes pasarte aquí la vida entera, y cada día sorprenderte por algo nuevo», dice Link. En el bosque que rodea la EBT hay diez especies de primates y una variedad de aves, murciélagos y ranas que no conoce parangón en prácticamente toda América del Sur. La geografía de Yasuní es el germen de esta riqueza. El parque se ubica en la intersección de los Andes, el ecuador y la Amazonia, un punto en el que convergen riquísimas comunidades de plantas, anfibios, aves y mamíferos. Los aguaceros son casi diarios durante todo el año y apenas hay diferencias entre las estaciones. El sol, el calor y la humedad son constantes.
Los intereses económicos han triunfado sobre la conservación
Esta parte de la Amazonia también es hogar de dos pueblos indígenas, los quechuas y los huaorani, asentados en poblaciones a la vera de caminos y ríos. El primer contacto pacífico entre los huaorani y los misioneros protestantes se produjo a finales de la década de 1950. Hoy la mayoría de las comunidades huaorani tienen relación comercial e incluso turística con el mundo exterior, al igual que los que fueran sus enemigos tribales, los quechuas. Pero dos grupos de huaorani han dado la espalda a esos contactos y han preferido buscar su sustento por las altitudes selváticas en la llamada Zona Intangible, establecida para protegerlos. Por desgracia, esta zona, que se solapa con el sector sur de Yasuní, no incluye toda su área de distribución tradicional, y los guerreros nómadas han atacado a colonos y madereros tanto dentro como fuera de la zona de protección; el último ataque fue en 2009.
El subsuelo de Yasuní alberga otro tesoro que amenaza el inestimable sistema ecológico de la superficie: cientos de millones de barriles de crudo amazónico sin explotar. Con el paso de los años se han ido otorgando concesiones petroleras en el mismo territorio que ocupa el parque, de modo que los intereses económicos han triunfado sobre la conservación en la lucha por el destino de Yasuní. Al menos cinco concesiones activas se solapan con la sección norte del parque, y para un país pobre como es Ecuador la presión para perforar ha sido casi irresistible. La mitad de lo que ingresa el país por exportaciones ya corresponde al petróleo, casi todo procedente de las provincias amazónicas orientales.MÁS INFORMACIÓNDESCUBREN 2 NUEVAS ESPECIES DE RANAS EN ECUADOR4Fotografías
En una propuesta presentada por primera vez en 2007, el presidente Rafael Correa ha ofrecido dejar intactos sine díe los 850 millones de barriles de crudo que se calcula alberga la esquina nororiental de Yasuní en la zona denominada Bloque ITT, en referencia a los tres campos petrolíferos que contiene: Ishpingo, Tambococha y Tiputini. En contrapartida por preservar la fauna y la flora y frustrar la emisión a la atmósfera de unos 410 millones de toneladas de CO2 por la quema de combustibles fósiles, Correa ha pedido al mundo que dé un paso al frente en la lucha contra el calentamiento global. Persigue una compensación de 3.600 millones de dólares, más o menos la mitad de lo que se habría embolsado Ecuador en concepto de explotación de los recursos a precios de 2007. Ese dinero se invertiría, asegura Correa, en energías alternativas y proyectos de desarrollo de las comunidades.
Calificada por sus valedores de hito histórico en el debate sobre el cambio climático, la llamada Iniciativa Yasuní-ITT es muy popular en Ecuador. Las encuestas nacionales revelan sistemáticamente que cada vez es mayor la concepción de Yasuní como un tesoro ecológico que debe ser protegido. Pero la reacción internacional a la propuesta no ha sido muy entusiasta.
A mediados de 2012 solamente se habían garantizado unos 200 millones de dólares. En respuesta Correa ha presentado una serie de coléricos ultimátums, dando pábulo a los detractores de la propuesta para calificarla de chantaje. Con la iniciativa en punto muerto y Correa advirtiendo de que se acaba el tiempo, la actividad petrolera continúa su avance por el este de Ecuador, incluso dentro de los límites de Yasuní. Cada día, otro pedacito de naturaleza sucumbe a los bulldozers.
Tras media hora de caminata desde el laboratorio de la EBT, Andrés Link llega a la entrada de una cueva baja situada al fondo de un abrupto barranco. Es el lamedero de sal que buscaba, pero esta mañana no hay rastro de monos. «Tienen miedo de los depredadores –dice, mirando el cielo a través del dosel del bosque–. Cuando está nublado como hoy, no les gusta bajar.» Los monos pueden recelar de los jaguares o de las águilas harpía, pero Link está pensando en una amenaza más a largo plazo y potencialmente definitiva: el avance de la actividad petrolera.